Vicios, recuerdos, RetroBarcelona


Este no es un artículo sobre la pasada RetroBarcelona, sino un artículo sobre lo que fuimos en los ochenta y principios de los noventa, sobre las esencias de una época que nos tocó en suerte vivir y que ya nadie más tendrá el privilegio de hacerlo. Somos los únicos, aquellos que pasamos la treintena, los que podremos contar lo mucho que cambió nuestras vidas gracias a que la informática se hizo doméstica, se democratizó y alcanzó precios populares con máquinas modestas, pero suficientes para el uso de una familia de clase media. Como digo, esto no es un artículo sobre RetroBarcelona, sino de nosotros mismos.

Lo retro, tiempo pasado, nostalgia. Lagrimeo fácil contemplando pantallas con juegos a los que dedicamos los mejores años de nuestra vida. ¿Cómo no acordarse de aquellas tardes, después de clase y de hacer los deberes (era mi caso), jugando con mi Spectrum? El ritual era el siguiente: sacar el ordenador del cajón del ordenador, aclararse con los cables, ir a la salita y conectarlo a la tele, una Elbe roja, y a la corriente. Encender el televisor y seleccionar el canal ocho en la errática botonera de la tele, que estaba tan gastada que era necesario aguantar el botón metiendo la punta de un palillo en la fina ranura entre el botón y la carcasa. Sucedía a veces que había que buscar la señal y manipular la tele girando unas ruedecillas que había al sacar la botonera. En fin, ingeniería básica.

Cuando ya todo estaba preparado: el ordenador funcionando y bien sintonizado, el joystick conectado, las cintas de casete listas a un lado, el vaso de leche con Nesqüik al otro, con un Bollycao o algo similar; quedaba cargar un juego y esperar a que todo fuera bien. Ni tan siquiera se podía mover la mesa, ni tocar nada, mejor no toser ni hablar. El azimut siempre ha sido un poco cabrón. Los juegos en sus cintas de casete, los originales y los que iban grabados en cintas TDK que algún compañero de clase nos había dado, cambiado o vendido, esos juegos nos marcaron, tal vez porque éramos unos críos, ¿cómo no recordar aquellos tiempos con nostalgia? ¿cómo no sentir como propia una feria como RetroBarcelona, que nos muestra que aquello con lo que tanto disfrutamos entonces sigue hoy vigente y que no somos los únicos que lo sentimos?

RetroBarcelona se erige así como faro y guía para la retroinformática al albor de RetroMadrid, que junto a otra ferias y eventos configuran el mapa de la nostalgia por el que podemos transitar y asombrarnos de lo mucho que se ha recuperado de aquella época. Para mí, además, es una forma de recobrar la memoria de mi tiempo, pues sucede que al ver un objeto, un juego, un lo que sea, algo en mi memoria se activa y ¡zas!, llega a mi mente un fogonazo, un momento grabado en algún lugar ignoto de mi cerebro que salta como activado por un resorte. Por ejemplo, en la RetroBarcelona había un PC con Ironman’s Super Off Road Racing, que me hizo recordar lo picado que estaba con ese juego, no ya con el Spectrum, sino con el primer PC que tuve: un 486 de 4 Mb de RAM. Ironman’s Super Off Road Racing fue uno de los primeros juegos que tuve junto a Prince of Persia (al que también jugué en la feria) y el mítico de los Lemmings.

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Recuerdo que el Spectrum llegó a casa como un regalo de mi tío. Era un +2A, un pepinaco, lo más de lo más en su gama. Cargador, +3 BASIC, calculadora, 48 K; ese era el menú. Con el ordenador venían varios juegos de Dinamic y, si no recuerdo mal, el primero en cargarse fue Phantomas. Para cargarlo había que ir al modo 48 K y escribir LOAD «», tras lo cual aparecía una serie de rayas en los bordes, rojas y blancas y un sonido estridente, para después pasar a rayas azules y amarillas. La carátula del juego se iba dibujando en la pantalla y al final, si tenías suerte, el juego efectivamente se cargaba. Enormísima alegría, se podía jugar.

La de horas, señor mío, la de horas que habré estado frente la pantalla de ese ordenador. ¿Cómo no voy a quererlo? Todo un cambio en las formas de ocio, toda una promesa de emociones y diversión sin fin. Al principio no me leí el libro de instrucciones, aunque después sería crucial, pero era un crío y durante los dos primeros años prácticamente lo único que hice fue jugar. Con la paga de mis padres me compraba las cintas de casete que exponían en mostradores giratorios, como las de algunas gasolineras y restaurantes de carretera en aquella época no tan lejana. Esas cintas fueron mis primeras compras como consumidor, fue algo así como entrar en la vida adulta, donde uno escoge y paga sus hobbies. Escoger era en sí un ritual cuando se desconoce el contenido. Nos teníamos que guiar por el nombre del juego y su carátula. Gracias a los enormes portadistas de aquella época, Azpiri y Royo, por ejemplo, las casas de software nos la podían meter doblada. Luego ya te ibas haciendo veterano y sabías seleccionar más sabiamente, incluso sin Microhobby.

Por ejemplo, un juego que compré y para el cual no estaba preparado fue Megacorp. Aquello era una aventura conversacional, pero yo me esperaba un Game Over. ¡Había que fijarse bien! Megacorp fue un error en su inicio, pero aquella compra por la carátula me abrió las puertas a un mundo que ya nunca más abandonaría: el de las aventuras conversacionales, la ficción interactiva de hoy, en la que participé activamente a través del Club de Aventuras AD (CAAD). Todavía pienso en programar este tipo de juegos, por toda la libertad de acción, desafío intelectual y acertijo textual que representan. Pero bueno, sea como fuere, por aquel entonces no me gustó. Poco después compré Exolon. Juegazo. Podéis jugarlo online aquí y comprobar la gran jugabilidad y el reto que supone. Vicio puro. Cuando un juego me gustaba me fijaba en la casa y el programador; Hewson y Raffaelle Cecco eran toda una garantía. Juegos como Cybernoid o Stormlord así lo atestiguan. Las compañías que me parecían más confiables eran Dinamic, Topo, Hewson, U.S. Gold, Firebird… había muchas y muy buenas.

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RetroBarcelona me dio la oportunidad de conocer a Andrés R. Samudio, el mítico creador de Aventuras AD y padre de juegos como Cozumel o Jabato. Para eso también sirve RetroBarcelona, ¿no es maravilloso? De hecho, el mismo Samudio nos lo dijo: «esto es maravilloso, si no fuera por vosotros yo no estaría aquí, y lo que hice no habría valido nada«. Nosotros le damos valor a la retroinformática, y a la vez, le damos valor a estos pioneros, a las personas que nos hicieron soñar y disfrutar con estos mundos pixelados. Tenemos la ocasión, o tal vez el deber, de honrarles, de hacerles sentir padres de una nueva era de ocio informático, un tiempo donde además de Imperio Cobra o Juegos Reunidos Geyper, pudimos probar los primeros videojuegos de la historia.

A los que no habéis ido nunca a una feria de este tipo, ya sea porque sois jóvenes y esto hace referencia a una época que no vivisteis, o porque en su momento no hicisteis caso al sector, os diría que no dudaseis y os acercaseis a la próxima. Ya sea en Madrid o Barcelona, donde sea, id y disfrutad. Veréis que los juegos de antes eran tremendamente divertidos; de hecho, ya los estáis jugando en vuestros móviles, más o menos.

Si no tenéis recuerdos llenos de melancolía, siempre podéis fabricaros vuestros propios recuerdos inventados, cual Vila-Matas, e «impostar» una falsa añoranza que os lleve a pensar que jamás se hicieron juegos tan perfectos como los de antes; que lo de ahora es puro marketing, sucedáneo y publicidad agresiva. Me da igual, lo principal es que vayáis y que os paséis algunas pantallas de Abu Simbel, Breakout Rygar. ¡Disfrutadlo, disfrutadlo tanto como yo lo hice cuando era un crío!