Dropsy: Payaso alegre, payaso triste


Todos hemos conocido alguna vez a ese tipo de persona que parece que siempre está feliz. Ese amigo que, pase lo que pase, mantiene las carcajadas y las ganas de bromear. Puede tener problemas, estar triste, pero no expresarlo nunca. Prefiere mantener una mirada alegre y hacer reír a los que le rodean. Prefiere aparentar que nada es capaz de hundirle. Prefiere camuflarse en la comedia y no preocupar a nadie, aunque quizá eso sea lo más chocante. Llamemos Dropsy ( Tendershoot , A Jolly Corpse, 2015) a este amigo, conocido, pariente, y entenderemos mejor el mensaje tras el videojuego publicado por Devolver Digital. Jay Tholen se unió a A Jolly Corpse para crear una aventura gráfica colorida y atípica donde un payaso nos intenta demostrar que contentar a los demás no es tan difícil como parece.

Jugar a Dropsy me traslada al universo de Simon The Sorcerer (Adventure Soft, 1993). Ambos con protagonistas forasteros de los mundos que habitan y que buscan ser aceptados por diferentes motivaciones. Simon, como buen mago adolescente, acompaña su historia de crecimiento personal con humor exagerado. La comedia del payaso en Dropsy es similar en cuanto nos topamos con un botón de ventosidades en el menú de guardado, pero los diálogos se resumen en bocadillos e imágenes. Las dos historias están representadas con un pixel art fantástico; el primero más detallado y con la gama cromática correspondiente a la época, el segundo minimalista y moderno, de colores crema y aún así con el tirón nostálgico propio de la anterior. Dropsy se vincula a lo clásico, por esa necesidad de atraer al público de la aventura gráfica, para jugar a algo totalmente diferente.

Que el píxel no nos engañe, estamos ante algo nuevo, algo que puede ser la solución y clara evolución del género. En medio de la historia principal nos plantea puzles no obligatorios que amenizan el camino. Podemos no recoger todas las cintas del coche en el que viajamos, podemos no abrazar a todo el mundo, pero somos Dropsy y este payaso solo quiere hacer feliz a la gente. The Neverhood (TenNapel, 1996) no solo planteó varios finales alternativos, también interacciones innecesarias que únicamente servían para entretener más allá de la trama dominante. Gesto incomprendido por muchos que a día de hoy se agradece y supone una distinción necesaria. Recordemos que en muchos videojuegos existe otro metajuego que es aquel de desbloquear todos los logros. Al menos la curiosidad nos hará abrazar al gato.

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Existe un generalizado odio irracional a los payasos, que en este juego viene representado como un error. En la primera narración muda nos indican que alguien quemó el circo y el incendio acabó con la vida de la madre de Dropsy. Nunca se sabe el culpable. Esta ignorancia es clave para que todos señalen al bufón y suframos nosotros la frustración de no ser comprendidos ni amados. Se genera un discurso sobre la amistad y el perdón. Un acercamiento sobre lo que implica ser humano. Porque se puede escuchar las dos versiones, pero resulta más fácil dar la espalda y acomodarse. Porque el humor de Dropsy es un engaño, un señuelo que sirve para transmitir un drama sobre los prejuicios y la pelea por acallarlos. Tener que ir haciendo favores para conseguir el abrazo de la gente es una sutil oportunidad para no ser sentenciado y nos hace reflexionar sobre lo frágil que pueden llegar a ser las relaciones. El mínimo error puede llevarte a la soledad, aunque quizá eso indique que Dropsy siempre ha estado solo.

En el transcurso de esta cadena de favores prácticamente unilateral, nos encontramos con una serie de animales (a parte de nuestro perro) que sí querrán ayudarnos en todo lo posible. Esta cordialidad enfatiza todavía más el recelo del resto de los personajes hacia Dropsy. Aún así no nos rendiremos, porque todos queremos ser amados y no ignorados, y tarde o temprano, todo el mundo necesita un abrazo. Podremos manejar a cada uno de ellos, incluso habrá momentos en los que no nos quedará otra. Homenaje a Maniac Mansion (LucasArts, 1987) por las habilidades únicas de cada uno y la cooperación a través de un control individual. Aquella frase de tu perro como único amigo fiel tendrá aún más sentido en este contexto…

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Una obra carente de voz debe suplir el silencio con una música y unos efectos de sonido excelentes. La verdadera vocación de Jay Tholen es componer y no hace falta salir de su bandcamp para que ver que la banda sonora de Dropsy le rondaba por la cabeza desde hace tiempo. La idea surgió en 2008 como un “elige tu propia aventura” más textual que visual, donde todo el mundo podía opinar qué camino debía escoger el protagonista. Luego, explorando sus discos, podemos ver una pieza de 2013 llamada “Dropsy: Clown at Dawn”. Jay necesitaba sacar este juego, era su tarea pendiente, el primero en esa lista de cosas por hacer. El proyecto cobró vida gracias a kickstarter y el presupuesto permitió que Chris Schlarb se uniera al circo musical. Él mismo hace referencia a los ritmos del pasado cuando comienza definiendo esta música como el recuerdo de cuando jugaba a Yars Revenge (Atari, 1982) con cinco años. Por mi parte, repito referencia en cuanto a la naturaleza del juego: la música me lleva directamente a Sam & Max: Hit The Road (LucasArts, 1993). Un toque de jazz, años sesenta y dibujos animados. Además, Dropsy también tiene que conducir para trasladarse a los diferentes lugares que, aunque no se trate de un DeSoto, la conexión se produce a través del mapa y las cuatro ruedas. El hilo musical no se queda únicamente en los escenarios, sino que hay un pasatiempo en torno a él. A lo largo del título puedes ir recogiendo unas cintas de cassette que, aparte de poder escuchar en diferentes minicadenas, sonarán cada vez que viajemos; otro elemento del pasado que queda al margen de la historia. Seguramente los compositores agradecerán que nos entretengamos en recopilar todas las canciones que han creado y colocado con tanto mimo.

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Realmente desconocemos qué ocurre en esta tragedia y esa intriga es el detonante para llegar al final de la aventura. En Dropsy van surgiendo pequeñas misiones que tenemos que resolver, sin saber la verdadera naturaleza del personaje principal y sus motivos para ser tan amable. Los diálogos visuales abundan, mostrando únicamente un rechazo hacia el payaso y manteniendo ocultos los motivos. ¿Quién es Dropsy? ¿Por qué ese filtro constante de bondad hacia quienes lo odian? Hasta para su padre parece un desconocido y el fallecimiento de su madre se convierte en un elemento extraño, como ajeno a la historia. Es el jugador el que se convierte en el familiar más cercano, intentando descifrar las verdaderas incógnitas del protagonista, a través de sus pesadillas y dibujos inquietantes.

Si algo consigue  su historia es instruir en la importancia de ponerse en el lugar del otro. Dropsy es empatía, y qué mejor que un payaso para demostrarnos que existe un sentimiento que a muchos les resulta extraño: el de mantener una mirada alegre y hacer reír a los que le rodean. Dropsy prefiere aparentar que nada es capaz de hundirle. Prefiere camuflarse en la comedia y no preocupar a nadie, aunque quizás eso sea lo más chocante. Ya que no existe acción humana desinteresada ni abrazos que duren eternamente.

Ilustración exclusiva de la portada: Isabel Cano

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