Assassins Creed III: ¿Waterbox?


Ubisoft Montreal presentó a finales de 2012 la última entrega de una de las franquicias más exitosas de la presente generación y, a su vez, una de las principales fuentes de ingresos de la compañía, Assassin’s Creed III (AC). En él nos ponemos en la piel de Desmond Miles, inmediatamente después de los acontecimientos sucedidos en Assassin’s Creed Revelations (ACR). Retomamos así nuestro enfrentamiento con los Templarios y al mismo tiempo, intentamos desentrañar las pistas que nos dejó la Primera Civilización –los que habitaban la Tierra antes de una terrible catástrofe que acabó con sus vidas–. Estas pistas guiarán nuestros pasos hacia el Gran Templo, una cueva repleta de conocimiento de la Primera Civilización donde podría hallarse la única esperanza para salvar el mundo de la misma amenaza que acabó con nuestros predecesores.

Una vez más, utilizamos el Animus, una máquina desarrollada por Abstergo –la asociación mundial de control a través de la cual operan los Templarios– con la que podemos acceder a la memoria genética de los antepasados de una persona, lo cual cierta similitud con como Neo, Morfeo y compañía lo hacían en Matrix (1998), pero sin los riesgos de la muerte del usuario, ya que tan solo seremos testigos.

En ACIII nuestro viaje por el tiempo nos traslada a la América colonial del siglo XVIII, un período en el que se produjo un choque de culturas y renovación de ideales. Durante la aventura indagaremos en un nuevo antepasado, Connor, un nativo americano de ascendencia Mohawk y británica. Connor en su adolescencia, durante una reunión con su líder tribal, realizará un viaje espiritual en el cual le será revelado un mensaje de la Primera Civilización que le llevará a emprender una odisea para unirse a Los Asesinos y le hará partícipe de la forja de lo que hoy en día conocemos como los Estados Unidos de América.

Como decía, en ACIII la misión es salvar el mundo del cataclismo que acabó con la Primera Civilización. Para hacer frente a los Templarios, nuestro protagonista, Desmond Miles, contará con la ayuda de William (su padre) y los ya conocidos, Shaun y Rebecca, que nos ayudarán a desentrañar los misterios del Gran Templo, una cueva situada en los Estados Unidos que pudimos ver al final del ACR. Dicha cueva establecerá un vínculo con el protagonista, mostrándole apariciones de Juno y de Minerva, en las que nos hablarán más sobre el final de su mundo y los métodos que intentaron utilizar para salvarlo. Esta experiencia, ampliará nuestros conocimientos sobre la Primera Civilización y aumentará el peso argumental de Desmond de forma exponencial en ACIII, teniendo así un papel mucho más protagonista en la historia de lo que lo había sido hasta ahora en otras entregas; y es que Desmond ha demostrado estar completamente a la altura de sus ancestros.

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En ACIII tendremos que realizar varias misiones con Desmond aprovechando el entrenamiento adquirido por el Efecto Sangrado, mediante el cual éste adquiere las habilidades de los ancestros que visita con el Animus. En ellas, buscaremos ciertos artefactos para poder seguir con nuestro periplo y, como es costumbre, tendremos que volver a enfrentarnos a nuestros eternos rivales, los Templarios, entre los que estarán viejos conocidos como Vidic, maestro Templario miembro de Abstergo y uno de los líderes del Proyecto Animus.

Nada más empezar nuestra partida, conocemos a Connor –Ratonhnhakéton, en su lengua nativa– un niño al que acompañaremos en sus andanzas durante treinta años de su vida, aproximadamente. A pesar de no contar con el carisma de los anteriores protagonistas de la saga –Altaïr y Ezio–, meternos en la piel de Connor desde la infancia consigue que despierte en nosotros una gran empatía.

Seremos testigos directos del choque cultural que supuso la llegada de los colonos y su avance en las tierras americanas. Estos invasores pretenden explotar el nuevo continente a toda costa utilizando la fuerza bruta si es necesario, expulsando a los lugareños de sus tierras y profanando los lugares sagrados. Unos acontecimientos que marcarán profundamente a Connor convirtiendo su aventura en una historia de dolor, angustia y venganza. Una vez alcanzada la adolescencia de nuestro antepasado, tendremos que abandonar el poblado en busca de la Orden de los Asesinos, que le otorgará el conocimiento, el entrenamiento y las armas necesarias para poder hacer frente y detener a los Templarios.

Descubriendo el nuevo mundo

Nuestro viaje en Animus nos llevará hasta 1756. Junto a un misterioso personaje, nos habituaremos a los controles en ACIII y empezaremos a conocer los primeros detalles de la historia. Primero visitaremos la ciudad de Londres y, después y en mayor profundidad, el nuevo continente. Allí seremos testigos directos del choque cultural que supuso el avance invasor colonialista europeo en contraposición a la naturaleza virgen americana.

La ambientación de ACIII está más lograda que nunca. En esta tercera entrega, el equipo de Ubisoft Montreal lleva a cabo un notorio trabajo de documentación en el que encontraremos gran cantidad de información sobre protagonistas, algunos lugares de interés y los principales momentos históricos de los que seremos testigos. La trama no ahorrará detalles sobre la Revolución Industrial en América y las conspiraciones que tuvieron lugar en este período. Más digna de mención, si cabe, es la labor a la hora de crear un guión verosímil y perfectamente hilado. Una cuestión compleja debido a la gran cantidad de personajes históricos que aparecen en ACIII como Thomas Jefferson, Paul Revere, George Washington o Benjamin Franklin, así como nuestros enemigos Charles Lee, Benjamin Church o Thomas Hickey, entre muchos otros. Desde luego, la documentación es un punto destacado de ACIII, que en muchos momentos de la partida nos dará la impresión de estar asistiendo a toda una lección magistral de historia yanqui.

El argumento nos recuerda así a lo vivido al visualizar la cinta de Roland Emmerich, El Patriota (2000), pero desde una perspectiva más centrada en el choque entre civilizaciones de colonos y nativos, que refleja con mayor intensidad el impacto cultural sufrido por un enemigo invasor y quizás no esté tan centrado en el sufrimiento de los colonos por el reclutamiento y las penurias de la guerra.

Benjamin Martin –protagonista de El Patriota, interpretado por Mel Gibson– debe ser citado también como una de las principales fuentes de inspiración a la hora de crear a Connor por su estilo combativo, sus movimientos y las armas que emplea. Algunas de las ejecuciones del juego podremos verlas realizadas exactamente igual por Mel, quién a pesar de no interpretar a un indígena americano, masacra a los casacas rojas para liberar a su hijo, hacha y cuchilla en mano, al principio de la película.

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Otra película en la que se trata la experiencia de los indios americanos es El último Mohicano de Michael Mann (1992), pese a transcurrir unos años antes, durante la Guerra de los Siete Años. El film de Mann nos mostrará una imagen fiel de lo sufrido por los indios en la guerra. Enseñándonos también el sufrimiento de estos tras una inminente desaparición de su raza y su cultura así, como del inevitable avance de la civilización sobre el mundo salvaje.

Como sandbox, ACIII pone a nuestra disposición vastas zonas de naturaleza virgen en las que habitan los nativos y en las que podremos corretear por los arboles, escalar acantilados, cazar animales o comerciar con los viajeros. Los cambios del día y la noche en tiempo acelerado o la diversa meteorología –diferente en verano e invierno– cambiarán el escenario en el que nos encontramos. Además, una gran fauna, plagada de animales de distintas especies, diversificará las zonas del mapeado.

En contraste con esta naturaleza que representa la libertad de los nativos, estarán las ciudades, principalmente Boston y Nueva York. Estas urbes son las más grandes a las que tendremos acceso y estarán marcadas por un fuerte ambiente marinero que refleja a la perfección la importancia que tenía el sector naval de la época. Estas dos metrópolis no se han escogido por casualidad, ya que son un símbolo inconfundible del avance colonial europeo y de su ansia de poder y riquezas a costa de explotar las nuevas tierras para beneficio del viejo continente.

Siempre se ha dicho que América es la tierra de las oportunidades y tras jugar a ACIII, no podemos más que confirmarlo. El continente americano multiplica las dimensiones del terreno con respecto a las entregas precedentes, mostrándonos un mundo repleto de opciones (y oportunidades), tanto en las principales ciudades como en los territorios fronterizos. En cada rincón del mapeado de ACIII tendremos algo que hacer, lo que explica la duración del juego: 15 horas si nos ceñimos exclusivamente a las misiones principales, pero que pueden extenderse hasta las 50, si cumplimos todos los objetivos disponibles.

Connor, el último Mohawk

Nuestros objetivos vuelven a estar basados en las mecánicas made in AC, como son asesinar a un objetivo, escuchar una conversación sin ser visto, robar un determinado objeto, provocar una revuelta o liberar rehenes. Además, durante estas misiones, y como es costumbre en la saga, ACIII nos da la opción de cumplir unos requisitos extra si queremos realizar la sincronización completa de la memoria. Estos objetivos van desde cumplir una misión por debajo de un tiempo determinado, alcanzar un objetivo sin ser visto o llevar a cabo un asesinato con un arma en particular. Unas especificaciones que en ocasiones disparan la dificultad y suponen un reto adicional para los gamers experimentados.

En cuanto al control y los movimientos en ACIII, Connor será un asesino más ágil y completo que sus antecesores debido a la combinación de habilidades asesinas y nativas con las que está dotado nuestro protagonista. Este será capaz de trepar por zonas rocosas, correr y saltar por los árboles y, en general, moverse con una mayor fluidez por un entorno más irregular y cercano al mundo real. Durante las escenas de combate y de parkour habrá ciertas automatizaciones que ayudarán a que los movimientos se resuelvan con mayor naturalidad, lo que mejora el espectáculo visual y el componente coreográfico del juego.

En los enfrentamientos, el control también recibirá algunos cambios. Ahora, el nuevo asesino podrá usar a la vez dos armas o herramientas (una en cada mano), lo que aporta una gran versatilidad y un control más preciso evitando, por ejemplo, lo ocurrido en el primer AC cuando equipábamos el cuchillo principal y los arrojadizos –atacar y lanzar cuchillos tenían el mismo comando: X o cuadrado según la versión– lo que provocaba que Altaïr no siempre hiciese lo que queríamos.

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En cuanto a la IA de los enemigos, se mantienen algunos aspectos que ya son característicos de AC. Por ejemplo, en las peleas nunca nos atacarán a la vez más de tres enemigos, sino que se turnarán, lo que hace más sencillo el control a la hora de realizar espectaculares combos. Los cadáveres que dejemos a nuestro paso serán un “surtidor” de munición, objetos y libras, cobrando una mayor importancia el saqueo de cuerpos, debido a la escasez de recursos durante gran parte del tiempo.

Las armas de fuego no cuentan con el mismo protagonismo que las armas blancas. Una particularidad que hace que el componente shooter de ACIII sea tosco y poco práctico, hecho que parece intencionadamente calculado por sus desarrolladores. Por una parte, la precariedad de las armas de fuego de la época hace que la cadencia de disparo y las recargas sean terriblemente lentas; por otra, ACIII no pretende convertirse en un juego de disparos, ya que prefiere mantener su identidad dando todo el protagonismo a los combates cuerpo a cuerpo y al sigilo.

Precisamente avanzar con cautela ha sido siempre uno de los pilares fundamentales de la saga y Connor no es una excepción. Nuestro avatar sigue camuflándose entre la población para pasar desapercibido y utiliza los trucos y artimañas que ya habíamos aprendido en las cuatro entregas anteriores. Como novedad, nuestro protagonista ahora puede agacharse y aprovechar los arbustos para esconderse, bucear para poder acercarse a los enemigos sin ser visto o utilizar montones de hojas o de nieve para ocultarse y pasar desapercibido de forma más eficiente. Además, para despistar a sus perseguidores, utiliza algunos recursos como atravesar el interior de algunas casas o cruzar a través de túneles subterráneos.

Si hablamos de la interfaz del juego –un aspecto siempre muy cuidado por el estudio–, se podría decir que ACIII cuenta con el mejor HUD de la saga, personificado en un fantástico minimapa que nos orienta en todo momento y nos aporta información y marcadores muy útiles a la hora de cumplir las misiones. El menú del Animus es mucho más limpio y ágil que en Revelations, ahora tenemos la posibilidad de acceder al registro de nuestras misiones ya realizadas, conocer nuestro progreso en el medidor de ADN o repasar las tareas pendientes de forma mucho más ordenada y práctica. Una disposición que puede abrumar al principio o parecer poco intuitiva, pero que, en cuanto nos acostumbramos, es de gran utilidad para organizarnos y saber en todo momento por dónde nos movemos.

La naturaleza viva de ACIII nos permite aprovechar también sus recursos mediante el nuevo sistema de caza –que puede recordar a lo visto en Red Dead Redemption– en el que utilizaremos el rastro de los animales en nuestro beneficio o usaremos diversas trampas y cebos. Además, junto al resto del arsenal de Connor, contamos con un arco que nos facilitará dar caza a criaturas inofensivas como los conejos, mapaches o castores, además de otros animales más agresivos y peligrosos como los lobos y los osos.

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Desde la aparición de ACII, contamos con el apoyo de la Hermandad, que nos ofrece una fortaleza desde la que operar, mejorarla con el paso del tiempo y así obtener beneficios económicos. En ACIII este concepto es llevado al extremo, ya que tendremos el control de toda una hacienda. Realizando diversas misiones, podremos aumentar la población y tener a nuestra disposición mineros, leñadores, herreros, taberneros o incluso sacerdotes, a los que les podremos ofrecer nuestra ayuda para que se trasladen a nuestro territorio. Además, con los recursos generados en la hacienda, podremos comerciar para obtener beneficio mediante el uso de carretas o navíos mercantes, o incluso emplearlos para crear nuestros propios objetos en función de los planos que tengamos.

Una de las novedades de ACIII es la ambientación naval que citábamos anteriormente, pero carecería de sentido si no se nos invitase a ser partícipes de ella. Aquí, encontramos una de las bazas más innovadoras de esta entrega: las batallas navales. En cierto punto de la historia, Connor podrá manejar una nave, La Aquila (no, no es un barco). Al aceptar estas misiones específicas, podremos expandir nuestro mundo atravesando los mares y aumentar la duración y mejorar la experiencia de juego de ACIII. Se trata de un simulador naval muy logrado en el que nos enfrentaremos a otros navíos haciendo uso de nuestros cañones, aprovechando el viento a nuestro favor y surcando las olas para protegernos de los disparos del enemigo. El apartado técnico que presenta en esta fase es sencillamente sublime. Destaca especialmente el tratamiento del agua y sus reflejos, que gozan de gran realismo, así como también el movimiento del barco en función de la dirección que tome el viento.

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El videojuego interno de Industrias Abstergo

Otro de los elementos que se repite en este nuevo AC es la inclusión del modo multijugador, que apareció, por primera vez, en Assassin’s Creed: Brotherhood y que se mantiene en ACIII, pero con ciertas mejoras. Cabe destacar el aumento de héroes a elegir, la personalización de los avatares, los perks –mejoras a las que tendremos acceso conforme subamos de nivel para dar ventaja a nuestro personaje–, las armas o las distintas habilidades que mejor se adapten a nuestro estilo de juego.

Tendremos el clásico modo deathmatch que nos enfrentará a otros jugadores y que consistirá en buscar y asesinar al oponente. A su vez, tendremos a otro jugador diferente que tratará de hacer lo propio con nosotros. Un modo en el que, para descubrir a nuestro enemigo, deberemos prestar atención a los movimientos de los asesinos que tratan de pasar desapercibidos entre los NPC que controla la máquina.

Otro modo es el de Dominación, que nos hará trabajar en equipo para ocupar ciertas zonas. Una mecánica similar al clásico “rey de la montaña” que ya hemos visto antes en otros videojuegos. Las partidas, por su parte, ganan gran versatilidad en función de los perks que elijamos, algunos tan interesantes como poder desaparecer casi completamente, dotar a los NPC con nuestra apariencia para despistar a los enemigos o arrojar bombas de dinero para atraer a la muchedumbre.

Entre todos, destaca la opción Manada de Lobos, quizás uno de los modos más entretenidos, en el que, con la ayuda de otros jugadores, deberemos trabajar en grupo para realizar ciertos asesinatos en un determinado tiempo. Al cumplir los objetivos, se nos otorgará tiempo extra además de nuevas misiones, progresando así en un sistema de oleadas al estilo Gears of War, pero en el que el tiempo corre en nuestra contra.

Las localizaciones que nos encontramos en el modo online han sido creadas en exclusividad fuera del modo campaña, aunque están claramente inspiradas en esta. Hay escenarios como los astilleros de Boston, la zona centro de Nueva York o parajes helados que aportan variedad a los entornos del juego. Con todo, el modo multijugador de ACIII consigue alargar la vida del juego, además de desbloquearnos contenido de la historia a medida que progresamos y permitiéndonos acceder a datos de Abstergo.

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En resumen: ACIII es un proyecto muy ambicioso en el que se nos muestra un mapeado repleto de opciones y que parece esconder un secreto en cada rincón. A lo largo del juego, contamos con muchísimas misiones secundarias, objetos que buscar, reclutar asesinos, cazar, comercial, fabricar ciertos objetos, etcétera. Además de todas las opciones que nos presenta este sandbox, no debemos dejar a un lado el valor histórico del juego, que nos permitirá revivir grandes momentos de la historia de los EEUU como fueron la batalla de Bunker Hill, la firma de la Declaración de Independencia o el Motín del Té de Boston.

Todo esto unido a un multijugador realmente adictivo, que si bien puede no alcanzar a los más destacados como Halo, COD o Battlefield, es un gran añadido que sumará horas y horas de entretenimiento.

De todas formas –y pese a ser un título sobresaliente–, a veces la experiencia de juego puede verse lastrada por la aparición de algunos bugs bastante molestos, como la desaparición de animales o enemigos en la pantalla, el clipping ocasional en los cadáveres o el popping en algunas zonas de las ciudades. Estos defectos, junto con una niebla que reduce nuestra visión de forma más acusada que en anteriores entregas, ensombrecen un conjunto que, por otro lado, resulta soberbio.

Quizá, si se hubiese contado con un poco más de tiempo de desarrollo, Ubisoft habría transformado ACIII –insisto, sin duda en uno de los mejores juegos de la presente generación– en una obra maestra imperecedera. Confiamos en que la compañía haga bien su trabajo y proporcione, algún día, un parche que le permita alcanzar la gloria que se merece.

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