Monument Valley: El ciao bella de Ustwo


Observando el inmenso maremágnum de videojuegos y aplicaciones que se amontonan como polillas en los armarios de Steam, App Store y demás plataformas de la red, uno ya no sabe a qué prestar atención durante ese breve espacio de tiempo, entre el trabajo y los quehaceres diarios, al que llamamos ocio. Algunos, en tan solo un par de años, hemos pasado de seleccionar cuidadosamente los cuatro o cinco triple A indispensables con los que perdernos, a tener en cuenta, también, las propuestas que aterrizan en Internet cada dos por tres, como si se tratase de una lluvia copiosa e incesante de descargas originales a las que hay que jugar. Desde luego, no lo hacemos obligados, más bien, es la industria con su eterno retorno de mecánicas, historias, secuelas y precuelas, la que, de forma indirecta, nos fuerza a investigar otros horizontes que no nos ofrezcan 80 horas de «esto me suena» durante nuestro recreo.

El tiempo es un bien preciado cuando no estás de Erasmus. Y quien dice Erasmus, dice también cursando cualquier carrera, esa época en que la vida es un continuo verano, con un ligero otoño de estudio, pero una inmensa primavera de fiesta. Para el resto, el lunes no se reduce a ese bendito dilema entre quedarse en cama o cumplir de resaca. Con los años, el tiempo libre es un concepto más reducido y, como todo lo que escasea, adquiere más valor. De hecho, la madurez que está adquiriendo el sector del videojuego parece tener esto en cuenta y, cada vez, nos topamos con más propuestas sencillas y accesibles para disfrutar en breves lapsos de tiempo. Además, muchos de estos productos se adaptan a esos apéndices táctiles que llevamos siempre encima, por lo que su carácter dúctil nos suele venir de perlas en los entretiempos de las actividades mundanas. Digamos que nuestra existencia se adecúa mejor a los Limbo de iOS, que a los Dark Souls de sobremesa, y es precisamente de eso de lo que quiero hablar: de los juegos que pueden entretenerte hasta en tus visitas al excusado como, por ejemplo, Monument Valley (Ustwo, 2014).

Quizá no sea justo asociar la belleza estética del título de Ustwo con esa imagen mental que os acabo de crear. Además, y por otro lado, tenemos que tener muy clara la finalidad de Monument Valley como videojuego, el cual, pese a su corta duración y mecánicas sencillas, no pretende convertirse en ese socorrido título al que acudimos mientras esperamos el autobús. En realidad, el valor útil de MV tiene un parentesco cercano con el título de PlayDead, y, al igual que este, se consume en poco tiempo y sin apenas valor rejugable. No estamos, por tanto, ante un Angry Birds (Rovio Entertainment, 2009) que rellene nuestros huecos libres, sino ante una obra disfrutable en los mismos parámetros temporales que una película de cine.

Pese a que, en un primer momento, MV te puede parecer barato –a tenor de los poco más de tres euros que piden por él en la App Store–, quizá tuerzas el gesto si te digo que la experiencia se agota tras una hora y media. Las diez fases que contiene no suponen un reto excesivo, aunque en cierta manera también dependa de tu pericia a la hora de resolver los puzles. Puede que te encalles en alguno de sus niveles, pero, por lo general, tu preocupación se centrará más en esa cuenta atrás irreversible hasta la décima fase, que en la dificultad de sus planteamientos.

Sin embargo, aquí terminan todos sus inconvenientes: la duración y el precio. Como pretendo ser pragmático y valorar la obra en función de lo que es y no de lo que carece, estos dos aspectos no los tendré en cuenta. Por un lado, el tiempo es relativo ¿Cuánto debe durar un videojuego? Por otro, el precio será insignificante o excesivo en función del peso de cada bolsillo o el valor que le concedamos al producto. No se trata, por tanto, de un análisis en cuanto al equilibrio calidad-precio, sino desde el mismo punto de partida con el que nace Monument Valley: su valor mecánico, artístico y estético.

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Echando un vistazo al pasado de Ustwo y a su página oficial, ya nos damos cuenta de que no estamos ante uno de esos estudios que lanza juegos como churros. Se podría decir que ni siquiera es una compañía especializada en el sector, más bien, estamos ante una empresa polifacética que tan pronto lanza un free to play, como desarrolla las aplicaciones de H&M para los smartphones. Dentro de la industria, son los responsables de Whale Trail, un endless flyer psicodélico y surrealista que manejas con el dedo gordo; y Blip Blup, rompecabezas en el que prima la estrategia de cada movimiento. Ambos con un valor útil más extendido en el tiempo que la obra que nos ocupa, pero en los que, salvando las distancias, también se atisba esa misma elegancia y mimo artístico del que hace gala MV.

Ustwo entiende el medio de expresión como una oportunidad para sorprender, pero sin descuidar el diseño y el apartado artístico.  Monument Valley es un juguete digital extrañamente bello que nos conquista por los ojos, pero que también podemos palpar. De hecho, su primer acierto es la plataforma en la que se desenvuelve, preferiblemente una tablet, cuya función táctil es más pertinente que nunca. Las figuras imposibles de M.C. Escher basadas en espacios no euclidianos –que ya tratamos más extensamente en el análisis de Antichamber– son el punto de partida de sus puzles, jugando con la perspectiva en función de cómo rotemos las plataformas y estructuras. Nada que no hayamos visto en otros títulos como Echochrome (SCE Japan Studios, 2008) o FEZ (Polytron, 2012), pensarán y con razón, pero de los que se aleja por su forma de plasmar esa dualidad y equilibrio de los antiguos grabados litográficos de Escher. Su aspecto no puede ser más fiel, manteniendo en cada una de sus fases las mismas señas de identidad “escherianas” en cuanto al uso del blanco y negro o los distintos tonos de un color primario predominante; guardando la simetría en su arquitectura fantástica; y mostrando un universo que tiende al infinito y a la repetición de estructuras a modo de fractal. Puede que, en cuanto al reto y las mecánicas, Monument Valley no alcance a las dos obras citadas anteriormente, pero al menos les supera a la hora de representar el universo imaginario. No es que sea más bello que FEZ o Echochrome, eso es cuestión de gustos, sino que plasma mejor el efecto “Escher”: la proyección del espacio en un plano.

Monument Valley es capaz de transformar tu iPad en un marco con el que decorar el salón. Puede que incluso añores una imaginaria función polaroid, para imprimir cada instantánea en papel y empapelar cada rincón. De hecho, el título facilita las capturas de pantalla para que las compartas en la red, las envíes por email o las traspases al móvil para que luzcan como fondo de pantalla.

Sin duda, Monument Valley tiene un potencial hipnótico que se deja notar también en la musicalidad de sus fases. Mientras movemos a la princesita a modo de point and click o rotamos las estructuras, generamos, a su vez, notas musicales que se mezclan con el sonido de las olas del mar, del viento, los pájaros o la tenue melodía que envuelve al título por momentos. Un elegante acierto que concuerda con el resto de elementos: el minimalismo artístico y de mecánicas; el ritmo pausado de los acertijos; y el tono solemne y misterioso de la narrativa.

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¿Qué queréis que os diga? Monument Valley merece esos tres euros y medios que pide Ustwo, aunque con ello te prives por un día de la caña y la tapa del bar de la esquina. Aunque solo sea por manipular el arca del octavo nivel; y desplegar cada una de sus capas y mecanismos con el mismo gusto y delicadeza de las cajas de música. Puede que Monument Valley no sea el mayor desafío al que te enfrentes, ni mucho menos, pero, a cambio, valorarás cada escenario por su complejo diseño, preguntándote cómo lo han hecho, casi con la misma incredulidad que despiertan algunos niveles de Braid (Number None, 2008). Puede que sea precisamente eso, que el verdadero reto sea para el que lo crea y no tanto del que lo juega; y quizá nuestro asombro sobrevenga al reconocerlo.

El título de Ustwo es un ciao bella, un hola y adiós fugaz, pero al que le arqueas las cejas y le devuelves una sonrisa. Solo por la posibilidad insólita de caminar por un puente que simula la estructura del triángulo de Penrose ya merece la pena. Por eso y porque, posiblemente, Monument Valley tiene ese magnetismo capaz de captar la atención de los alejados del medio. Una figura necesaria en el sector y a la que, algún día, le deberemos mucho más de lo que nos pide ahora, tres euros.