Owlboy o la voz del silencio


Me recuerdo de niña como un pequeño desastre en mi contexto escolar. Mis habilidades motrices eran pobres, era muy tímida y silenciosa y crecí en un entorno familiar de dinámicas anómalas, lo que afectó a mi madurez y a mi relación con el mundo y otras personas. Por otra parte, si bien era una estudiante competente en términos intelectuales y académicos, mi relación con algunos profesores no era muy buena. A algunos les molestaba muchísimo mi introversión, pues pensaban que era un defecto de personalidad, y me acosaban para que me acercara a gente que no tenía nada que ver con mis afinidades y sueños, y que incluso me despreciaba; otros directamente dudaban de mis capacidades cognitivas, por lo que se sorprendían mucho al verme obtener buenas calificaciones u oírme expresar con relativa fluidez en exposiciones orales obligatorias. En fin: como muchas personas, tengo pésimos recuerdos de mi etapa escolar y desearía no volver nunca más a mi colegio ni ver nunca más a ninguna de las personas que tuve la desgracia de conocer allí.

Algunos de estos recuerdos reflotaron al comenzar a jugar Owlboy (D-Pad Studio, 2016). Otus, el protagonista, se nos presenta como un pequeño chico búho torpísimo, que no consigue realizar bien los ejercicios básicos que le propone su inflexible maestro. La historia exhibe, en esos primeros minutos de juego, una propuesta argumental que conocemos de muchísimos otros títulos, pero que a pesar de todo seguimos disfrutando: la del protagonista insignificante y perseguido que, intuimos, encontrará su coraje, su fuerza y su destino en la aventura que aún no despega. No es infrecuente en este argumento un inicio duro, que contextualiza el patético estado inicial del personaje central para que podamos apreciar su evolución en el tiempo. Sin embargo, creo que el prólogo de Owlboy, en su sencillez, es sorprendentemente cruel, de una crueldad que no esperaríamos en un mundo tan colorido como el del juego.

El lingüista Stephen Krashen, en su libro The Input Hypothesis. Issues and Implications (1985), desarrolló el concepto de filtro afectivo para referirse, a grandes rasgos, a aquellos aspectos emocionales o actitudinales que afectan a la adquisición de una segunda lengua. Entre ellos, cabe destacar la motivación, la autoconfianza o la ansiedad, por ejemplo. Me resultó inevitable asociar este concepto a la situación de Otus, que desde luego no está aprendiendo un nuevo idioma, pero sí luchando por mejorar en su aprendizaje y ser validado… ¡siendo además mudo! Entonces, podríamos decir que Otus no está buscando dominar una segunda lengua, sino apenas descubrir los rudimentos de un lenguaje precario con el que pueda al menos alcanzar cierta funcionalidad.

  

Pero Asio, el maestro de Otus, es un terrible pedagogo. Constantemente le está recordando al pequeño búho que sobre sus alas reposa la enorme responsabilidad de su raza para con el mundo, y que sus fracasos no solo fallan a su gente, sino que también suponen una vergüenza para él. Asio no duda en reprocharle a Otus que yerra tanto en las tareas más sencillas como en las más decisivas, convirtiéndose en un estorbo para la comunidad. El búho mayor nunca busca explorar las potenciales virtudes de su pupilo, ni se atreve con nuevas metodologías de enseñanza. Esto provoca que Otus se muestre decepcionado consigo mismo y que parezca estar inmerso en una espiral de fracasos.

Un episodio muy significativo que exhibe cómo las preconcepciones de Asio condicionan el desempeño del protagonista es  la prueba de vuelo del prólogo. No nos es posible hacer llegar a Otus a la cima; sin embargo, nada más comenzado el juego en sí, comprobaremos que nuestro personaje es capaz de volar fluidamente y de desplazarse de manera bastante eficiente en el aire. Tenemos todo lo que necesitamos para interactuar con nuestro mundo e incluso para cumplir con nuestros deberes en la historia, cada vez más complicados. Esto nos permite suponer que fueron otras cosas las que afectaron a Otus en la prueba de vuelo, y que probablemente tenían que ver con la presión de no fallarle una vez más a su maestro y todos los miedos asociados a esta situación.

Es importante retomar también la condición muda del protagonista. En Owlboy, los personajes hablan; vemos sus recuadros de diálogo. Otus permanece en silencio, pero podemos interpretar sus emociones a partir de sus gestos, que tan detallados se nos presentan desde el exquisito trabajo de pixel art.  Esto no tendría nada de destacado, de buenas a primeras: se trata de un rasgo habitual en numerosos videojuegos, sobre todo en algunos RPG, por lo que podría leerse en parte como uno más de los múltiples homenajes de Owlboy a los clásicos en los que se inspira. Sin embargo, en aquellos títulos, la mudez de los protagonistas era una convención: nosotros no teníamos acceso a sus parlamentos, pero los otros personajes sí. Es decir, este aparente silencio estaba trabajado retóricamente. Otus no es mudo por propósitos ficcionales o en un sentido metafórico: su mudez es literal y es concebida como un defecto, una carencia. Desde ese contexto, la de por sí asimétrica relación entre maestro y discípulo se ve tensada aún más, pues solo los duros juicios y reproches de Asio se nos presentan como legibles, mientras que las reacciones de Otus están veladas, pudiendo entrever apenas una aflicción general en su rostro y en su postura corporal. En otras palabras, Otus no tiene verdadero derecho a réplica. No es más que un receptáculo de evaluaciones negativas.

En su análisis de Owlboy para Killscreen, Brent Ables aborda el juego como una historia de superación de discapacidades. Para ello contextualiza su enfoque desde sus experiencias personales con seres queridos que perdieron sus voces, tanto de manera simbólica como física, en accidentes. Pero no creo que sea necesario padecer de mudez o de una voz herida por circunstancias tan graves para empatizar con Otus. Yo misma he tenido siempre una voz baja y suave de manera natural, y sé de sus consecuencias. Evidentemente, la gente no te escucha, y si no te escucha, no te entiende. El intento de comunicación que procuras establecer palidece en el camino a tu receptor. A veces hablas y otros hablan encima de tus palabras; a veces dices algo y pasa inadvertido, siendo celebrado cuando otro lo dice justo después que tú. Todos te piden hablar más fuerte, pero nadie se compromete a prestarte más atención cuando vayas a hacerlo, por mucho que te vean gesticulando. Lo que debiera ser un diálogo, comunicación fundada en un principio de cooperación mutua, se transforma en una interacción incómoda, a veces incluso dolorosa. Un tipo de interacción fallida que, en su reiteración en el tiempo, comienza a convertirse en una peligrosa sospecha en tu interior: ¿y si, para los demás, no tienes nada importante que entregar? ¿Para qué serviría esforzarse entonces, si nada de lo digas tendrá sentido, valor o belleza? ¿Y si en realidad fuese que todo lo significativo, lo valioso y lo bello se arruinara en tu voz…?

Mejor callar.

Otus, que no tuvo opción, calla. Calla ante las frías palabras de rabia, desprecio y vergüenza de su maestro. Leo en su silencio el dolor de decepcionar a quien, a pesar de todo, admira, de que algo muy importante y que ha requerido del esfuerzo de muchos se destruya por su culpa, de nunca alcanzar la dignidad de quien se supone que tendría que ser, y descifro en esta lectura algunos dolores que yo también anido en mi propio silencio.

Ahora bien, este no es un juego sobre pedagogía ni sobre traumas emocionales, aunque hay un poco de ambos. Owlboy es un juego de aprendizajes, como todas las buenas historias. Pero aprendizajes libres, creativos, aplicables, sanadores. Esas vías paralelas son aquellas a las que termina recurriendo Otus. En su caso, estas se construyen a través de la cooperación. Los diversos personajes con los que va aliándose en su viaje van ayudándole a crear una voz propia a través de las nuevas habilidades que le proveen. Gracias a ellos, Otus trasciende el que parece ser su único talento natural, el vuelo, y se convierte en un héroe de múltiples posibilidades y recursos. Un héroe con un lenguaje propio.

Por eso, no quisiera referirme a Otus como un sujeto “empoderado”, pues detesto lo que implica este término hoy en día: la temible convicción de que el acceso liberado e individualista al poder es la solución de todos nuestros males, nuestras injusticias y nuestros dolores. No lo es, y las mejores historias jamás se cansan de recordárnoslo.

Vemos en Owlboy que Otus no se fortalece como un personaje promedio en un título de aventuras o RPG. El “poder” de nuestro búho estriba en su lazo con sus amigos, que termina extendiéndose a nosotros como jugadores. Significativo es que todos estos coprotagonistas aparenten ser también parias, porque es a través de la diferencia de la norma y de la búsqueda o reafirmación de la propia identidad que todos terminan encontrándose como amigos.

Así, tenemos al pintoresco mecánico Geddy, el mejor amigo de Otus y la primera luz de esperanza que conocemos en este inicio tan desmoralizante.  Geddy es bastante asustadizo, pero a lo largo de la historia veremos que eso no le impide hacerle frente a los numerosos desafíos de la aventura, pues su cariño y lealtad a Otus son más fuertes. Es decir, no se niega el miedo, sino simplemente se asume como parte válida de la personalidad y se actúa a pesar de él, lo que podríamos considerar el verdadero coraje. Adicionalmente, el personaje también puede leerse como un catalizador de las emociones del pequeño búho, en la medida en que Geddy es muy expresivo y siempre refleja, tanto en sus parlamentos como en sus posturas corporales, variadas emociones (alegría, rabia, tristeza) ante los diversos hechos que suceden en el viaje.

Tenemos también al pirata Alphonse, cuyos modelos honorables lo separan de las traiciones y miserias de sus compinches, y lo llevan a aliarse a Otus. La naturaleza de Alphonse es antigua, muy antigua, y entronca con el pasado más remoto del mundo, cuando los suyos no eran más que seres automatizados. Podría decirse entonces que la deserción más importante que hace el personaje es la de la renuncia a lo genérico, a un destino predeterminado. Alphonse toma importantes decisiones en la historia y construye su nueva vida e identidad a partir de ellas, siempre apoyando a Otus y a sus amigos.

Y por último tenemos a Twig, un insecto antropomórfico que, pese a ser un palote, se siente más bien como una araña. Por esta razón, va a todas partes disfrazado de una, gesto que su padre y hermano censuran por verlo como una afrenta a su identidad. El episodio en que el grupo protagónico se entera de la verdadera condición de palote de Twig es muy patético, ya que la familia obliga al nuevo compañero a mostrarse tal y como ha nacido. Esta situación humilla y entristece a Twig, además de ayudarnos a comprender el origen de su personalidad juguetona y embaucadora, que tantos problemas nos causa al inicio de la aventura, como una forma de lidiar con esta sensación de rechazo. Pese a lo anterior, el personaje persiste en la conformación de su identidad como araña, y de hecho su disfraz le provee de las habilidades suficientes —¡habilidades de araña!— como para ayudar muchísimo a Otus.

Una vez que tengamos a nuestra disposición el equipo completo, no tardaremos en habituarnos a determinadas acciones. A paralizar a rápidos y peligrosos enemigos con la telaraña de Twig y luego dispararles cómodamente con Geddy, por ejemplo. O a dejar caer a un personaje en un interruptor, mientras tú accedes a otra área. O incluso a buscar a Geddy una vez que lo arrojaste muy lejos por error, en lugar de recuperarlo desde la teletransportación, porque te has encariñado con él. Por ello, esta mecánica cooperativa que debes establecer entre los personajes no solo se presenta para progresar adecuadamente en el juego. También la leo como un énfasis en la importancia de la amistad con aquellos que, al igual que tú, están luchando sus propias batallas, en contraste con el fortalecimiento progresivo que otras ficciones proponen como alternativa para el crecimiento personal.

En ocasiones, el sombrío contexto en el que nos desarrollamos parece movernos al individualismo más oscuro. ¿Quién quisiera acercarse a otra persona cuando esta solo tiene palabras de desprecio o la sonrisa burlona siempre lista en los labios? Es un despropósito. Por supuesto, esto nos mueve a pensar que lo mejor es mantenerse aislado para proteger lo que nos es caro, lo único que nos mantiene con vida; amurallarse emocionalmente, incluso. Sin embargo, en ese proceso a veces olvidamos que, más allá de los confines de nuestra fortaleza, hay otros que también están sufriendo como nosotros. En lugar de dejar caer el puente levadizo para entregarnos a las imposiciones normativas de la sociedad, esa que te fuerza a ser dicharachero y prepotente para ganarte tu lugar, o esa que pretende que te arrastres para ganar el favor del popular de turno, habría que hacerlo para salir en busca de ese compañero, amigo o hermano solitario y marginado, que aún se pregunta si alguien como tú existirá en alguna parte del camino.

Otus muy pronto se verá abandonando las restricciones de ese mundo en el que él no era más que el estudiante fracasado de Asio. Y eso porque se atreve a explorar nuevos confines, aunque sea en principio desde los márgenes de las órdenes de su maestro. El pequeño búho falla siempre, en la visión de Asio, e incluso es culpado por sucesos que él no desencadenó. Pero nuestro protagonista persiste en su misión, ya no para merecer la aprobación de un profesor despiadado, sino porque es a él mismo a quien le importa proteger a sus compañeros y a la gente del pueblo de Vellie, la misma que lo valora por ser quien es. Esa suerte de imperativo categórico de Otus, esa voluntad de involucrarse sinceramente en la salvación de un mundo por el que tanto ha sufrido, me sorprendió mucho. Porque esto no se trata solo de un asunto de responsabilidad moral, sino también de piedad, tanto hacia otros como hacia uno mismo.

Lo anterior parece contrastar con las decisiones de otro personaje, que afectan significativamente los hechos narrados en la historia. Este personaje también ha demostrado tener sus conflictos internos, como todos los protagonistas, pero su forma de lidiar con ellos es muy diferente. A propósito de estos eventos y del pasado de este mundo de búhos, leo también en esta historia una crítica al poder y las obsesiones que este despierta en quienes lo añoran, aunque sea en principio por buenas intenciones. El poder destruye, el poder corrompe. Quizá no de una forma explícita ni efectivamente irremediable, pero sí dañina desde diversas posibilidades.

Por fortuna, esta es una historia de fantasía: hacia el final, no se negarán el dolor ni las pérdidas, pero se dejará plantada la semilla de la esperanza y la restauración, aunque sea desde el complejo lenguaje de los símbolos.

Nada de esto es nuevo, lo sé. Pero la forma en la que estos aspectos se integran con esta narrativa sencilla de superación personal desde lo filial y del sentido de hacer lo correcto para enmendar también la herencia de los errores del pasado, me ha parecido algo muy bello, atípico en estos tiempos de locura y confusión. No en vano Owlboy, que nació de una inspiración retro, demoró diez años en publicarse: doblemente anacrónico. ¡Cuánto necesitamos de más experiencias de este tipo!

En estos días en que siento resurgir en mí algunas tristezas de la infancia y la adolescencia, me encuentro con Owlboy, un juego como los de antes, siendo contemporáneo. Y mi propia anacronía ha encontrado un refugio en él: es posible recuperar la voz del pasado para que narre en el presente. Una voz silenciosa o de volumen bajo, qué más da: una voz en un lenguaje secreto, íntimo, que hable de la esperanza, de que existen aún cosas hermosas en el mundo por las que vale la pena luchar, de que todavía podemos conocer futuros amigos que nos quieran acompañar en este viaje de restauración de lo perdido que ya a casi nadie importa.

Y de que, como sucede en uno de los últimos episodios de Owlboy, la única forma de avanzar, a veces, es resistir. Resistir saltando de un escombro a la vez, plegado temporalmente el talento de tus alas, con el apoyo de tus amigos gritando desde las profundidades de un mundo en ruinas que sin embargo vas a recrear porque aún crees en él.

Acaso la existencia actual de títulos como Owlboy sea una extraña forma de nuestro propio mundo (¿desde una voz sin palabras?) para demostrarnos que, contra toda lógica, él también cree en nosotros y está dispuesto a oír lo que tenemos que decirle.

Ilustración exclusiva de la portada: Paula R. Z.

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