Ralph Baer: Hasta que dejó de ser divertido


Rudolph Heinrich Baer nació en 1922 en el seno de una familia judía de la región de Renania-Palatinado, tres años después de que Anton Drexler fundara el Partido Alemán de los Trabajadores, en la región de Baviera, como resultado de los movimientos etnicistas que por aquella época empezaban a vislumbrarse en la derrotada Alemania de la Primera Guerra Mundial. Así pues, el joven Rudolph tuvo que aprender a vivir los primeros años de su vida con el miedo de ser percibido como un ciudadano de segunda por su condición de judío, algo que se tornaría del todo insoportable para él y su familia hasta que decidieron huir de la Alemania dominada por los nazis, en septiembre de 1938. Dos meses después de su huida tuvo lugar un punto sin retorno para la historia de los judíos en Alemania: la Noche de los Cristales Rotos, cuando las tropas de asalto de las SA junto con la población civil entraron la noche del 9 al 10 de noviembre en las viviendas, comercios y sinagogas judías para detenerlos, confiscarles todas sus propiedades y enviarlos a campos de concentración. Así pues, la familia Baer, gracias a haber huido un poco antes que algunos de sus compatriotas, se salvó de la que podría haber sido su mayor tragedia.

Los Baer abandonaron su Alemania natal debido a su condición judía y tuvieron que refugiarse lejos de Europa, sabedores tal vez de que no estarían a salvo en una tierra que años antes se había despellejado, humillado y masacrado en la Primera Guerra Mundial. Debían marcharse a algún lugar del mundo que tuviera la calidad de vida de la que disfrutaban en Alemania, pero sin la amenaza de dirigentes megalomaníacos. Pusieron rumbo primero a Holanda, y después a Estados Unidos, un país que por aquél entonces era la tierra de las oportunidades. Se buscaron la vida en el Nueva York de finales de los años 30, un lugar donde encontraron la paz no hallada en su tierra natal, donde incluso el joven Baer llegó a nacionalizarse, dejando muy atrás, como si fuera una pesadilla, su infancia y juventud de peligro constante, amenaza velada y prohibición sistemática; el modus operandi de cualquier dictadura o régimen totalitario.

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Rudolph Baer, Ralph para los amigos, empezó a despuntar pronto con los modernos aparatos electrónicos, hasta que en 1940 logró graduarse como técnico de radio en el National Radio Institute, sacándose los estudios por correspondencia. Posteriormente, en 1943 fue reclutado para servir como soldado en el servicio de inteligencia militar estadounidense en Londres, donde elaboró manuales de entrenamiento para las tropas que protagonizarían el desembarque en Europa el 6 de junio de 1944: el día D. La operación consistía en llevar a cabo un gran desembarco de madrugada en las playas de Normandía, con el aterrizaje de tres planeadores de la 6ª División Aerotransportada del Ejército británico y la posterior toma del puente Pegasus por la Compañía D, del 2º de Infantería Ligera de Oxfordshire y Buckinghamshire, integrada en la Brigada de Desembarco Aéreo de dicha División, iniciando así la liberación de la Europa occidental ocupada por la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

Tras la guerra, derrotada Alemania gracias a la fuerza de los Aliados, Ralph Baer regresó a Estados Unidos, donde volvió a estudiar y a divertirse con los cacharros electrónicos, que era con lo que más disfrutaba. Se graduó como ingeniero de televisión en Chicago en 1949 en el American Television Institute of Technology, y empezó a ganarse la vida como reparador de aparatos en Nueva York. Más tarde comenzó a trabajar en la compañía Loral, con el encargo de construir “el mejor aparato de televisión”. A Baer se le ocurrió que el televisor podía ser algo más que un receptor pasivo, por lo que quiso incorporar el concepto de juego. Era demasiado pronto para una idea como esa y no se lo aceptaron.

En 1966, cinco años después de la construcción del Muro de Berlín en su Alemania natal, Baer trabajaba como ingeniero jefe en la empresa de circuitos electrónicos Sanders, contratista del departamento de Defensa de Estados Unidos. Ya había unos 40 millones de receptores de TV por todo el país, así que retomó su concepto de juego para la televisión y desarrolló su primer prototipo, la llamada “caja marrón”, Brown Box. Esta caja permitía fijar un rectángulo y colores variables. No fue hasta el segundo prototipo cuando apareció un primer videojuego propiamente dicho: Chase Game, donde un jugador debía cazar al otro, que moría en caso de colisión.

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Brown Box se convirtió en la Magnavox Odyssey, la primera videoconsola de la historia, convirtiendo a Baer en el pionero que introdujo los videojuegos en los hogares domésticos. Su sueño hecho realidad. La Magnavox Odissey funcionaba con un sistema de tarjetas intercambiables para seleccionar cada juego, carecía de sonido y hacía uso de unas láminas semitransparentes para completar la ilusión del color en algunos de los juegos, entre los que se encontraban Chase, Handball, Golf y Ping Pong, que más tarde se llamó Table Tennis y que acabaría por inspirar el legendario Pong de Atari.  Poco después, para ampliar la experiencia de juego, dotó al sistema del primer periférico de la historia, Light Gun, la pistola de luz. Este pack de expansión se vendió para la Magnavox con el nombre de Shooting Gallery. Estaba naciendo una industria.

Entrando en el mundo de los juegos de mesa, Baer fue también el autor del popular y frenético Simon, un juego en el que unos paneles de colores iluminados servían para intentar recordar una determinada melodía. Este juego electrónico de patrones fue muy popular en los últimos años de los 70 y principios de los 80, la década que vería nacer al Spectrum y los otros ordenadores de 8 bits, que supusieron el desembarco de la informática doméstica y de ocio en los hogares de medio mundo, junto a la consola Atari. Esta, a pesar de gozar del favor del público, no logró superar la crisis de los videojuegos, hacia 1983, debido en parte al auge de las micro computadoras de uso doméstico y también por culpa de la nefasta gestión del videojuego de E.T. The Extra-Terrestrial, que las terminaría de enterrar.

En 1988, un año antes de la caída del Muro de Berlín, Baer se jubiló en plena efervescencia de los videojuegos, cuando en España, por ejemplo, se vivía la época dorada del videojuego nacional; lo cual parecía confirmar que el invento de Baer había tenido éxito, que su idea de jugar interactuando con la televisión era compartida por millones de jóvenes en todo el mundo, que preferían jugar con videojuegos antes que con amigos, algo que empezó a inquietar a los educadores y a la prensa, pero eso es otra historia. A lo largo de su vida, dejó más de 50 patentes y recibió, en reconocimiento a sus méritos y de manos del presidente George W. Bush, la Medalla Nacional de Tecnología de Estados Unidos . La edad se lo llevó pese a que se mantuvo intelectualmente muy activo. Aseguraba que su cabeza trabajaba como si tuviera 45 años, pese a que sus «cañerías y cableado» eran de más de 90. «Y eso” –remataba– “no es divertido».