Democracy 3: La República de Catalunya y la ética política


Recientemente encontré dos mods en el workshop de Democracy 3 (Positech Games, 2013) que me llamaron poderosamente la atención: Kingdom of Spain y Republic of Catalonia. En este juego de gestión y estrategia puedes escoger entre las siguientes naciones: Estados Unidos, Australia, Reino Unido, Francia y Alemania. Pueden parecer pocas, pero se incluye un editor para que diseñes tus propios países. El significado de “país” en este título quiere decir “escenario”, con sus características propias: cada uno tiene problemas distintos y nuestra tarea es arreglarlos mediante decisiones políticas que afectan al electorado y a la economía. El fin es arreglar los contratiempos y tener a la población contenta para que nos voten en las elecciones.

El tipo de gobierno que se plantea desde el comienzo es el democrático —democracia de audiencias— dentro de lo que llamamos “estado de bienestar”, con más o menos servicios públicos dependiendo de si el escenario representa un estado social de estilo nórdico o mediterráneo. Como datos más importantes tenemos los saldos de ingresos y gastos, y la consecuente cantidad de déficit o superávit económico. Esto es así porque los autores del juego, ustedes y yo vivimos inmersos en una hegemonía cultural capitalista, por lo tanto el dinero es lo más importante, y no así la felicidad de nuestro pueblo (en cuyo caso las cantidades expresarían tal vez ciudadanos felices o enfadados), pero se entiende que la felicidad es una consecuencia del superávit. ¿A quién no le gusta el dinero?, ¿verdad?

Pero, ¿qué es el estado de bienestar? Es un tipo de estado surgido de la necesidad, tras las grandes guerras del siglo XX, promovido por William H. Beveridge y perfeccionado por Keynes, que se impuso en Europa como respuesta a la alternativa comunista que venía de la revolucionaria Rusia que, a su vez, prometía la igualdad y las plusvalías para los obreros. Una Europa roja era una posibilidad demasiado terrorífica para los intereses capitalistas, por lo que Beveridge impulsa el Welfare State (estado de bienestar) al ganar las elecciones en 1944. Duró unos 40 años hasta que las tesis de Hayek, a través de Milton Friedman, lo cuestionaron a tal punto que hoy está seriamente en entredicho, pues según Friedman y los neoliberales este tipo de estado es insostenible. Y en estas estamos, viviendo en lo que parece el último estertor de un tipo de Estado que promete el derecho a la sanidad, la educación y la seguridad social para todo el mundo, pero cuyos impuestos parecen inasumibles para una sociedad ahogada en el pantano del crédito. La ironía es que la alternativa es el estado neoliberal, un lugar donde la exclusión social convertirá al pobre en miserable, obligado a vivir de la caridad.

República de Catalunya: The game

El escenario que plantea la República de Catalunya es el de un país con una tasa altísima de paro, criminalidad y abuso del alcohol. ¿Por qué el autor de este mod planteó un inicio tan dramático? El juego no contempla la posible violencia que ejercerían los descontentos de un país recién independizado, que querrían anexionarse a España, y es por esto que en la Catalunya republicana del Democracy 3 haya tal descontento social, que más que Catalunya parece Mad Max. Entonces, no es que haya bandas de alcohólicos asesinos, sino que es la manera que ha encontrado el autor de que se refleje el descontento de los unionistas. Por si fuera poco, tanto los socialistas como los capitalistas empiezan también cabreados: los primeros porque el Gobierno parte con unas políticas demasiado capitalistas, y los segundos están que trinan porque con tanta revuelta no hay productividad ni inversión.

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¿Cómo arreglar el desaguisado? Empecé por asumir el control tal como lo haría un hipotético gobierno de CiU, que es el partido mayoritario de Catalunya —aunque ya no exista como tal— y principal impulsor, junto con ERC, del llamado Procés, nuestro particular viaje a la Ítaca independentista, que culminará, si el Constitucional tiene a bien, el próximo 27 de septiembre con una DUI (Declaración Unilateral de Independencia). Este es un escenario complicado, sin duda. Supongamos entonces que esto sucede —improbable en estos términos, porque parece que CiU se ha dinamitado desde dentro como partido— y tomamos el gobierno como CiU: un partido conservador, nacionalista y liberal. Como principal partido de la oposición ideé una federación de partidos pro anexionistas integrada por PSC, PP y Ciutadans, a la que bauticé Mejor Unidos.

Mis primeros pasos se encaminaron a arreglar el problema del paro e implementé un cambio en la Ley de Empleo favorable a los intereses del capital. Luego reduje la prestación por desempleo e incentivé la creación de startups, pero la tasa de empleo no subía y los pobres estaban más descontentos. Descubrí que la causa de que hubiera tantos pobres era porque no encontraban trabajo debido a la falta de formación y la escasez de investigación, que a su vez influía en la obsolescencia tecnológica, lo cual era letal para la productividad. Aumenté la partida de educación y creé escuelas técnicas. Todo esto me llevó a incrementar el gasto y a que me rebajaran la nota crediticia, lo cual encabronó aun más a socialistas y capitalistas. Hacia el final de mi mandato acabé asesinado por un grupo de ultraizquierda al grito de “acabemos con esa rata capitalista”. Aquello me afectó bastante, pues pensaba que con un poco de paciencia podrían ir mejor las cosas, pero el pueblo no tuvo paciencia.

El problema radica en que la facción de capitalistas jamás estará contenta con el Gobierno si su política consiste en beneficiar al ciudadano directamente en lugar de a ellos. Según las lógicas del mercado, para que haya bienestar tiene que haber flujo dinerario, para lo cual debe existir un motor económico, cuyo corazón es la empresa privada (si queréis ampliar la información al respecto, os recomiendo un librito de Adam Smith: La riqueza de las naciones). Entonces, todo lo que no pase por esa lógica será una afrenta, bajará la productividad y aumentará la deuda. El problema es que, a priori, contentar a los capitalistas no influye positivamente en la economía, sino en la empresa, de cuyos beneficios y plusvalías no participa el trabajador. Por lo tanto, no vale la pena bailarle el agua a los capitalistas, nada les parecerá suficiente… después de todo, lo que maximiza la productividad y la economía de la empresa es tener esclavos en lugar de trabajadores, como bien saben algunas multinacionales textiles que deslocalizan su producción a países con unas políticas de empleo al dictado del capital, como es el caso de la India o China (que lejos de ser una república comunista se ha destapado como una dictadura capitalista ejemplar).

Catalunya en Comú vs. Mejor Unidos: bang bang!

Las siguientes partidas siguieron la misma tónica. Por más que intentara rebajar la tasa de paro con medidas capitalistas o liberales no conseguía rebajar la tensión y la violencia. Intenté disminuir al menos la tasa de alcohólicos, pero mis medidas no eran suficientes. Siempre me mataban. Ideé el plan contrario: un gobierno de Catalunya en Comú (una candidatura de unidad popular en la que estaría integrada Podemos y liderada por la monja Forcades). Enfrente tendría a los de siempre: Mejor Unidos. Lo primero que hice como buen gobierno de izquierdas fue incrementar el gasto en pensiones, la prestación por desempleo y crear nuevos impuestos para hacerles pagar a los ricos (si queréis ampliar información al respecto, os recomiendo un librito de Karl Marx: El Capital). Aumenté por tanto el gasto social —perdón, quise decir inversión— y gravé con impuestos los beneficios empresariales y el capital: enfado monumental de los capitalistas y alegría de los socialistas. ¡La pobreza comenzaba a bajar! Incrementé un poco más los impuestos generales para invertir en educación y sanidad, subí el impuesto del alcohol y promocioné el uso del transporte público. La criminalidad y la pobreza bajaban, pero también la productividad, y el cabreo de los capitalistas era infinito… tanto, que acabaron por asesinarme poco antes de las elecciones al grito de “escoria comunista”.

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Opté entonces por cambiar de estrategia y adoptar un estilo de gobierno moderado, ni muy socialista ni muy capitalista. Me centré en cambiar pocas cosas y subir un poquito los impuestos adoptando algunas iniciativas para emprendedores. No me mataron y acabé presentando unos buenos números, mejorando en casi todo excepto en productividad y medio ambiente. Pese a haber reducido la pobreza y el desempleo, los votantes me otorgaron un sonrojante 6% de los votos, con lo que me echaron del Gobierno a patadas, ¡los muy ingratos! Después de esto me encolericé, creé gobiernos al servicio de los capitalistas, sin pensiones ni desempleo y con impuestos al 60%, para ver quién me mataba primero. ¡Desgraciados electores! Si sobrevivía a los grupos de presión, luego perdía miserablemente en las elecciones. Algo estaba haciendo muy mal.

Claro, no había entendido nada. Estaba jugando a aplicar políticas (policy), no política (politics). Es necesario definir la política para aplicar políticas y, hasta ese momento, estaba gobernando sin un programa. Esto lo entendí más tarde, pero para desarrollar un programa político tenemos que entender antes otras cosas, como la crítica de Rawls al utilitarismo.

Ética política: sí, existe

Resumiendo mucho, hay dos tipos de ética que dominan nuestras acciones morales: las teleológicas y las deontológicas. Aristóteles es el principal valedor de la ética teleológica, que se centra en la materia (el resultado del acto), nos dice que aquello que hacemos es bueno si produce felicidad. Epicuro diría lo mismo, pero cambiando felicidad por placer. Luego tenemos la ética deontológica y con ella a Kant, que pone énfasis en la forma en lugar de la materia, y nos dice que lo importante es hacer lo correcto, regalándonos su imperativo categórico: “Obra de tal manera que pudieras desear que tus actos se convirtieran en ley universal”. El resultado de nuestros actos podría ser fatal, pero nadie nos podría reprochar jamás no haber hecho lo correcto.

Años más tarde, Bentham y J. S. Mill encontrarían la fórmula moderna para una ética teleológica de nueva era: el utilitarismo. Lo podríamos resumir en que, si un acto, decisión o política beneficia al mayor número posible de gente, es una política útil y por tanto, buena. Vivimos en esa política, pero con el matiz que introdujo Rawls a través de la corriente contractualista en su teoría de la justicia. Raws critica al utilitarismo porque dice que si una política no tiene en cuenta a las minorías ni se centra en el ciudadano oprimido, dicha política no es ni justa ni viable. Finalmente H. Jonas introdujo la bioética, que empieza a tener en cuenta al hombre en su entorno natural y nos obsequia con un sabio y complicado imperativo: “Actúa de tal manera que con la consecuencia de tus actos pudieras garantizar la vida del hombre en la tierra”.

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Aclarados los conceptos, opté por seguir una política inspirada en la justicia de Rawls. Hay que huir de lo aparentemente útil, de lo que parece necesario, porque es lo que conviene a la mayoría que desprecia a la minoría. Esto conduce a relaciones de opresor-oprimido que derivan en injusticia. Por tanto, apliqué políticas teniendo en cuenta a las minorías y empecé a hacer lo correcto kantianamente, sin ceder a ninguna presión de un lobby mayoritario. Así pues, miré el escenario de la República catalana con nuevos ojos: al crimen primero se le combate, luego vendrán los remedios, me dije. Y aunque no me gustara la idea, volqué mis esfuerzos en potenciar a la policía, el ejército y los servicios secretos. Solo así podría atajar de raíz la violencia inicial. Asimismo, fiel a servir a la minoría, potencié al máximo el respeto por las diferentes etnias y religiones con el acta de no discriminación; incrementé el gasto en pensiones y desempleo, rebajé los impuestos a las ventas y aumenté impuestos al alcohol y al tabaco.

Pensé que me matarían los capitalistas en cualquier momento, pero resultó que su porcentaje bajaba, con lo que su fuerza potencial era menor. Al haber creado mucho empleo público (policías, militares, sanitarios, etcétera), ahora era más fuerte el socialismo y el nacionalismo. Eso me salvó en los primeros años críticos, donde apliqué con mano de hierro políticas socialistas en lo económico y conservadoras en lo social, con las que logré reducir al mínimo la criminalidad. Incrementé la inversión en educación y tecnología, lo cual amplió el número de empleados públicos, y a la postre resultaba beneficioso para el tejido empresarial, al aumentar la productividad. Logré rebajar el poder de los capitalistas, que tramaban matarme, pero el gasto en servicios secretos daba sus frutos y los mantuve a raya.

Así gané mis primeras elecciones, con un estrecho margen, pero aprendiendo varias cosas sobre el arte de la política: para ganarte al electorado tienes que convertirlo. Convertir, esa es la clave. Es por esto que en un país de clases medias como España ganan tanto los conservadores: convierten mejor. Saben usar los mecanismos de la ingeniería social, tocar los resortes adecuados, esa mezcla de nacionalismo, valores tradicionales y cultura del esfuerzo. En mi caso, tuve que convertirlos en empleados públicos para que repudiaran a los capitalistas, aunque para ello generara un fervor patriótico que hizo que me sintiese un dictador.

Neoinstitucionalismo y otros conceptos aburridos

Decidir qué tipo de política es mejor es el leit motiv de Democracy 3, y esto lo observaremos empíricamente al final de cada turno. Hay que decir que ya existen varias teorías para esto y que vivimos —en la cosmovisión actual— en plena era del neoinstitucionalismo de James March y Johan Olsen, corriente teórica que vino después de la era del conductismo, que enfocaba el estudio en el comportamiento de la sociedad, y ésta a su vez del institucionalismo, donde el fundamento se buscaba en los textos legales.

El neoinstitucionalismo pone el foco en los resultados empíricos de la aplicación de las normas, esto es, la política, aunque sea a pequeña escala (dentro de instituciones también hay normas). Lo que se pretende es encontrar grupos o individuos que se puedan aprovechar de la norma y pervertir así el sistema, dando lugar a injusticia, razón por la cual se estudia el fin de la norma y se aplican las correcciones necesarias para que no haya trato de favor a unos colectivos u opresión a otros. Es en sí mismo como un juego, puesto que todos los actores (individuos, empresas u organismos) juegan con las mismas normas, pero algunos usarán determinadas estrategias para ganar la partida. En el caso de Democracy 3 —y de todas las democracias occidentales—, el que mejor usa las normas a su favor es el colectivo capitalista. Tratar de modificarlas para que no salga tan beneficiado nos puede llevar al fracaso o a la muerte, por lo que hay que cambiar el paradigma, tratar de hacer crecer a otros colectivos a fin de renovar la cosmovisión y reducir la afinidad colectiva al capitalismo con ciertas garantías de éxito y supervivencia.

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Democracy 3 es solo un juego. Tiene muchos defectos en cuanto a la simulación política. En la actualidad, no es tan habitual que asesinen a presidentes (casi una constante en el juego), y tampoco es normal ese caso omiso a la política exterior (en España gobierna tanto el poder ejecutivo como el dictado del BCE, al servicio de Alemania);No se refleja bien la influencia de los medios de comunicación, capaces por sí mismos de tumbar gobiernos (o sino, de crear actores políticos de la nada, caso de Podemos y Ciudadanos en España). Sin embargo, Democracy 3 es un juego entretenido que nos puede tener horas enganchados tan solo viendo fracasar unas políticas o triunfar otras, tratando de influir en la estimación de voto, bajando impuestos al final de la legislatura y cosas así.

Invariablemente nos surgirá una duda al final: ¿qué es lo que hace que el país vaya bien o mal? ¿Por qué unos países se hacen ricos y otros pobres? Para contestar a estas preguntas podemos fijarnos en las teorías de Douglass C. North, premio Nobel de Economía en el 1993 y prestigioso neoinstitucionalista. Su respuesta es que la riqueza de los países no depende principalmente de los recursos naturales, ni tampoco de las innovaciones técnicas, sino de las instituciones. Si estas favorecen el desarrollo económico del país, entonces se generará riqueza. En cambio, si las instituciones lo limitan, no se creará, por muchos recursos que tenga el país. Las instituciones que reducen el coste de información y coordinación entre actores, el coste de medición de los atributos de bienes y servicios y los costes de ejecución y contratación son instituciones que favorecen la economía. Pero North advierte: reducir no significa eliminar, ni favorecer comportamientos oportunistas, que es algo que algunos economistas mediáticos entienden muy mal. Porque sin institución que regule se genera incertidumbre e injusticia, y eso produce descontento, que origina violencia: un estado donde no vendrá nadie a invertir, donde es mejor no estar. Así que cuando escuches a un economista decir “eliminar”, tradúcelo por “generar violencia” y captarás el sentido de su frase.

Reducir la burocracia y el intervencionismo del estado para dejar crecer a la iniciativa privada redunda en beneficio del conjunto del país. Y antes de que un comunista me salte a la yugular diré que en la España de hoy —tan liberal ella— hay una burocracia y un intervencionismo que ríete tú de un plan quinquenal; pero toda esta intervención estatal solo favorece a los empresarios de las redes clientelares gubernamentales, lo que impide la sana competencia, hasta tal punto que incluso tenemos un impuesto al Sol. Así de mal se entiende el liberalismo y el capitalismo en este país.

No obstante, las instituciones no son las únicas causas dentro de la multicausalidad que genera el porvenir de un país, existen puntos de partida e inercias sociales que los diferencian y que hacen que unas determinadas políticas fracasen donde deberían, según los gurús políticos y económicos, triunfar. La cultura, el arraigo de una moral religiosa, las inclemencias de un clima extremo o la presencia de despojos de una dictadura anterior son también causas, y estas causas no salen en Democracy 3, un juego que se centra solo en la economía, en la agencia versus la estructura, y en ser una experiencia lúdica, un divertimento basado en política. Vivimos en una democracia de audiencias donde los partidos políticos cazan electores de una sociedad interclasista, muy lejana de aquella sociedad industrial de burgueses y obreros.

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Hoy un asalariado puede tener acciones de una empresa y ser propietario de una vivienda, ¿es un burgués o un obrero? Es ambas cosas: es clase media, el elector deseado, aquel que otorga mayorías con su voto. Un tipo de votante que quiere vivir en un estado de bienestar, con seguridad jurídica, pero sin tener que pagar muchos impuestos por ello. Este tipo de elector es el más representativo también en Democracy 3, aunque su ideología es transversal y va desde el socialismo al capitalismo, pasando por el ecologismo y la minoría étnica. En la democracia de audiencias ya no hay una visión reduccionista del elector, sino que se hace una lectura de los intereses de los electores que puede ser muy amplia y diversa. El interclasismo, la multiculturalidad y el mundo global e hiperconectado en que vivimos nos han convertido en nuevos sujetos políticos, con muchos más matices que la posesión de un atributo único como “socialista” o “capitalista”, pues son muchos los atributos que el individuo posee, y es por ello que los nuevos partidos surgen limpios de siglas reductoras; intentan aglutinar al mayor número posible de electores y rechazan definirse de izquierdas o de derechas.

Democracy 3 no es un buen simulador político, pero ayuda a entender su funcionamiento. Se aprende a ver de dónde sale el dinero para financiar unas determinadas políticas, se descubre con qué impuestos se recauda más, así como el descontento o aceptación de estos según el tipo de electores.

De todas maneras, no creo que Democracy 3 sea un título apto para todo el mundo: no ayuda nada su atiborrada representación icónica de las políticas, más bien confunde, terminando uno por quedarse bizco ante la pantalla “buscando a Wally” entre tantos iconos. Pero los enfermos de política como yo podemos disfrutarlo, es nuestra única posibilidad de gobernar fuera de las rígidas estructuras de partido —los miembros de los partidos no son libres: sirven al partido— y tratar así de aplicar nuestro ideario político para ver qué tal se nos da la cosa. Puedo imaginarme a Pablo Iglesias echando una partida y muriendo a manos de los capitalistas en el tercer turno. Imagino de la misma manera a Rivera, pero muriendo a manos de otro lobby. ¿Cómo será gobernar de verdad? ¡Ah, demasiado complicado! Mejor unas partiditas a Democracy 3, que así no corre uno el peligro de acabar siendo portada de La Razón.

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